Castilletes y almorranas

domingo, 18 de septiembre de 2011

Pocas personas conozco capaces de emocionarse, o incluso excitarse (en el más noble sentido de la palabra) ante un castillete. Una de ellas es Gonzalo García, exdirector de la revista Bocamina, y la otra, quien esto suscribe. Aquellos que nos conocen pueden corroborarlo. Los escritos de Gonzalo en la extinta revista así lo confirman, y los que he venido publicando en MTI sirven también como afirmación de ese sentimiento, tan extraño como inexplicable. En la UCI del Hospital Central de Oviedo podrían contarles la historia de cómo un loco, en pleno infarto agudo de miocardio fue capaz de subir hasta el remoto pozo balanza de San Fernando, perdido en los montes de Asturias, solo para fotografiarlo. Y volver a bajar, feliz, con el mismo IAM, lo que también tiene su guasa. Si hay alguna persona más capaz de albergar en su alma tales sensaciones, que me disculpe por no mencionarla y bienvenida sea al club de los poetas muertos.

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Digo esto para que no quede duda alguna acerca de la pasión que siento por estas estructuras mineras, a las que he defendido a muerte desde nuestro blog, denunciando cuantas tropelías se han cometido con ellas. Pero no, personalmente no me voy a apuntar a ninguna iniciativa para su protección real, tal como sugiere de muy buena fe el querido amigo Fabre. Y no porque piense, evidentemente, que “mis” castilletes no lo merezcan, sino porque la vida te enseña que algunas guerras están perdidas ya antes de comenzar. Tratar, en estos tiempos que corren, de salvar a nuestros amados castilletes sería como lavarle la cabeza a un burro: se perdería el tiempo y el jabón.

Cuando los ayuntamientos, diputaciones, consejerías, comunidades autónomas, sociedades que dicen defender nuestro patrimonio y otro tipo de asociaciones u organismos relacionados con el tema se muestran indiferentes, cuando no contrarios, a que estos elementos sean protegidos del modo que merecen, promoviendo actuaciones que aseguren su conservación, nada podremos hacer.

Mientras las leyes no sean modificadas, con agilidad y rapidez, adecuándolas a este tipo de delitos, para impedir el expolio que se está cometiendo en España, no solamente a nivel patrimonial minero, sino también en el ámbito ciudadano, industrial, agrícola o sobre infraestructuras públicas, y el castigo a los que atentan contra ellas sea escaso, por no decir nulo, nada podremos hacer.

Cuando los escasos éxitos policiales -bastante tienen los hombres de verde con lo que tienen- se tropiezan con una legislación permisiva, obsoleta e ineficaz, nada podemos hacer. Las carcajadas de los que debían estar encausados y en prisión resuenan con su cruel eco por esas minas de Dios. Digo bien, de Dios, porque los hombres no parecen tener interés alguno en el asunto, como si la cosa no fuese con ellos. Seguramente deben tener cosas más importantes en las que ocuparse. De la prima de riesgo, quizá.

Y mientras que los chorizos, nacionales o de importación, sigan haciendo lo que les venga en gana, muchas veces incluso apoyados por los propietarios de los terrenos dónde se ubican los castilletes, quitándose estos últimos gracias a los chatarreros de conveniencia un auténtico forúnculo en el culo, nada podremos hacer. Todos a mirar hacia otro lado, y aquí paz y allá gloria, no vaya a ser que nos monten un Centro de Interpretación y se jodan las monterías de ciervos y jabalíes.

Pues ante semejantes evidencias, uno cree que hace lo que únicamente puede hacer por ellos, e utilizando la herramienta que mejor domina, que es la fotografía, se convierte en ocasional notario y da fe de su existencia, de su porte, de su esbeltez o de su abandono, desde la íntima creencia que siempre será mucho más efectiva y perdurable esta acción que la estéril plática en desierto. Se que nada ni nadie los podrá salvar de un soplete inmisericorde, de un desguace implacable o del óxido voraz, pero al menos, y mientras alguien, al contemplar esas imágenes los recuerde, no habrán muerto del todo.

Desgraciadamente, sigo pensando que los castilletes de nuestro país son como las almorranas: hay que padecerlos en silencio. Y no por cobardía, sino por pura coherencia y sensatez. Aunque doler, duelen lo suyo.

José Manuel Sanchis

2 comentarios :

Álvaro. dijo...

Yo abogo por algo mixto, verás en España hay bastantes castilletes en un estado de abandono, en un limbo entre ortigas y zarzas el siguiente paso al abandono es la destrucción o la conservación, no hay termino medio.

Este verano, el alcalde de un pueblo (la historia da para mucho) me enseñó una mina, no hizo ningún comentario más que que las galerías estaban tapadas y que iban por niveles. Nos dejó en el camino y llegamos a la mina.

Cuando llegamos me percaté de que había bastante maquinaria (algunas incluso con las chapas de aluminio del fabricante) abandonada... y también de que habían serrado el castillete en su tiempo.

Los castilletes son muy jugosos , una vez despiezados cualquiera sabe de donde son los hierros y además si tu tienes uno en tu finca hace feo. quitas el castillete, allanas la escombrera y se te queda un terreno ideal para sembrar lo que sea. Creo que es necesario que tengan protección aunque sea solo sobre el papel, por lo menos, al dueño de la finca se le puede empapelar. Mira, una protección sobre el papel siempre ayuda aunque no sirva para mucho. El otro día apareció la noticia en un periódico de una incautación de droga por simple casualidad al tener un pequeño accidente un coche.
La cámara es un buen arma, pero no la única creo que todas tienen que usarse para salvar lo que se pueda.
Mucho animo

j.m.sanchis dijo...

Claro que hay más armas, Álvaro, eso no lo niego. Solo digo que yo empuño la que mejor creo, dada mi poca confianza en las "otras" y en quienes deben utilizarlas.Los BIC no los decidimos los paisanos.